Recuerdos de mi madre

Recuerdo cuando mi mamá, unos años antes de morir, me pidió que le ayudara a escribir sus memorias. Yo, que entonces trabajaba 24/7 y corría por la vida -a menudo sin saber muy bien por dónde seguir-, le respondí que tenía un libro en la cabeza (lo sigo teniendo) y que solo necesitaba tiempo para plasmarlo en el papel. Hoy, en este mundo pospandemia, me temo que me hace falta un poco más que eso. Habiendo vivido en esa “nueva normalidad”, en la que por fin me bajé de la pelota un rato y pude reflexionar hacia dónde voy, y quiero ir, me arrepiento de haber perdido la oportunidad de concretar su propuesta.

Dicen que escribir ayuda a sanar el alma y en este espacio pretendo hacer eso. Sanar la pena de no tenerla conmigo, de su ausencia física, aunque no espiritual, porque la siento muy presente. Cada día, en distintos detalles. Llevo su foto en el celular y es lo primero que miro al levantarme y lo último, al acostarme. A su imagen agregué la de mi papá que partió en 2022, un día antes que mi mamá, cuatro años después. Me gusta pensar que mi mamá lo vino a buscar, lo quiso hasta su último aliento, aunque ya llevaban más de 50 años juntos. Me dejó la vara alta.

Desde niña fui muy apegada a ella, a tal punto que en una oportunidad en que a mi familia se le ocurrió hablar en una sobremesa que había personas que se despertaban después de enterradas (historias de mi Tata, mi abuela materna nombrada así por mi hermana mayor), me aferré a su pierna y no la quería soltar. Calculo que debo haber tenido unos 10 años. Me bajó tal pánico de tan solo pensar que yo podría llegar a ser una de esas personas que no quería que me soltara. El pánico me duró unos días y ella, cariñosa y comprensiva como era, me cobijó hasta que se me pasó.

Mi madre y yo éramos muy unidas. Muchas veces me dijo que me había esperado siete años, los mismos siete que esperó a mi hermano/a (estoy convencida de que era hermano) que no llegó a nacer. Fue un duro golpe para ella, también para mi papá. Vivió meses negros en los que con mi hermana hicimos esfuerzos por alegrarla. Recuerdo cuando la fuimos a ver a la Clínica Sara Moncada, ubicada en la calle Pedro de Valdivia, de moda por esos años. Me bastaron observar sus ojos para ver el infierno por el que atravesaba. En ese trance se refugió en dormir y evadirse de este mundo. La realidad fue demasiado para ella.

Me gustaba cuando me contaba la historia de mi nacimiento. Fue un buen trabajo en equipo. 

Había días que podíamos hablar cuatro veces seguidas. Siempre había algo que comentar; nunca nos faltó tema. He pensado que la ausencia debe doler menos en el caso de hijos más desapegados y que habría sido más fácil si yo hubiera sido así, pero luego pienso que la disfruté y que eso nadie me lo podrá quitar. Nunca. 

Desde que partió no hay día en que no la piense y desde que se me ocurrió escribir sobre los recuerdos que guardo de ella han vuelto a mí distintas vivencias. Las he repasado en mi cabeza y empecé a completar una lista que desarrollo para publicarlas en un libro. En este espacio compartiré algunos de esos recuerdos.

Que me perdonen los padres, pero madre hay una sola y si hay más vida que esta quiero que vuelva a ser la mía. Cuando estaba partiendo de este mundo le dije al oído que siempre estaríamos juntas, más allá del tiempo y del espacio. Creo firmemente que así será.

Hasta que nos volvamos a encontrar.