Nací en el tiempo de los hippies y del icónico grupo The Beatles. En el mundo imperaba una paz acordada, es cierto, pero por lo menos no vivíamos bajo la amenaza constante de una guerra.
Aunque en mis primeras horas de vida tuve serios problemas de supervivencia, ya que, impaciente como soy, decidí salir después de la placenta, a las pocas semanas ya me había aferrado a la vida. Siempre he pensado que este hecho determinó mi carácter.
Mimada desde niña, soy la menor de dos hijas, me vi colmada de amor y comprensión. Me hice esperar siete años, por lo que cuando llegué a este mundo no encontré ningún reproche ni reto.
Periodista de profesión, aunque mi papá esperaba que fuera abogada, si pudiera volver el tiempo atrás creo que habría estudiado literatura. O al menos habría enfocado mi carrera a ese ámbito.
Partí mi vida profesional por donde quería terminar: en el entonces glorioso Cuerpo de Reportajes de El Mercurio. Me formé con los mejores: mi profesor y luego editor, Joaquín Villarino; y las destacadas periodistas Raquel Correa, Blanca Arthur y Pilar Molina. El dream team, como yo le llamo.
El último artículo que publiqué en el diario fue a mediados de 2007, en Reportajes de Crónica, sección dirigida por Pilar Molina. Para entonces dividía mi trabajo entre “El Mercurio” y el Departamento de Ingeniería Industrial de la Universidad de Chile. Uno que partí compartiendo con el Cuerpo de Reportajes (Cuerpo D), en el año 2000.
Entremedio estuve cinco años en el centro de pensamiento EXPANSIVA y también dos años en la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Católica (era divertido cuando en un mismo día me tocaba cantar el himno de la U. de Chile y el de la U. Católica).
Siempre con más cosas por hacer que tiempo para ellas, algunas -muchas- veces he pensado que sería ideal tener un clon. ¡Con él podría hacer el doble de las cosas de las que hago! Con la irrupción de la inteligencia artificial, la cual observo con atención y uso con cautela, creo que vamos encaminados hacia esta idea. Ya veremos…
Soy la feliz madre de dos hijos: mi hija mayor, Florencia, abogada, y mi hijo menor, Vicente, estudiante de medicina. Ellos son mi mayor creación en este mundo, siempre digo que son lo mejor que he hecho. Mi marido, Mauricio Duce, también es abogado, investigador y profesor, y creo que mi papá debe estar conforme con tener un yerno y una nieta dedicados a las leyes.
En 2018 perdí a mi mamá y en 2022, a mi papá. Es difícil estar sin ellos, pero los siento muy presentes. Cada día, en distintos detalles.
Mi papá me heredó su perro, Tito, quien rápidamente conquistó mi corazón y se transformó en mi perrihijo. Tito, llamado así por el sobrenombre del mejor amigo de mi papá en su infancia, nos ayudó a superar la partida de Matías, nuestro perro poodle que nos acompañó durante 16 años.
Amo leer, escribir, estar en contacto con la naturaleza y viajar. Había dejado de leer durante el año, reservaba los libros para las vacaciones de verano –los días no me alcanzaban–, pero en el año 2021 decidí crear un Club de lectura de madres e hijas para obligarme a retomar este hábito. ¿Cómo lo logré? Reemplacé las noticias de la mañana (lo primero que hacía antes al abrir un ojo era pender el televisor) por la lectura a primera hora del día. Ya no me contamino con la crónica roja o amarilla y al día de hoy, gracias a este club, he leído más de 50 libros (gracias a la lectura complementaria al Club) que, de otra manera, no habría podido.
Desde el año 2023, en tanto, participo en un Taller de escritura de “Historias familiares” dirigido por la periodista María Ester Roblero. El taller duraba cuatro meses, pero hicimos tan buen fiato con ella y otras dos periodistas que también participaban que hoy nos seguimos juntando una vez a la semana para escribir en nuestros respectivos proyectos.